¿Qué es el síndrome de piernas inquietas en niños?
El síndrome de piernas inquietas en niños provoca una necesidad difícil de controlar de mover las piernas, generalmente acompañada de hormigueo, cosquilleo, picazón, tirantez o una sensación de “energía”. Las molestias aparecen o aumentan al estar quieto, sobre todo al final del día o al acostarse, y mejoran temporalmente al caminar, estirarse o mover las piernas. En niños pequeños puede manifestarse como inquietud en la cama o resistencia a dormir, porque todavía no logran explicar con claridad lo que sienten.
Síntomas, diagnóstico y condiciones parecidas
El diagnóstico es principalmente clínico. El profesional revisa cómo describe el niño las molestias, en qué momento aparecen, si comienzan durante el reposo y si el movimiento produce alivio. También puede preguntar por los hábitos de sueño, los antecedentes familiares y los medicamentos utilizados.
- ¿Cómo se reconoce?: Las señales más características son la necesidad de mover las piernas al estar sentado o acostado, el empeoramiento durante la tarde o noche y el alivio parcial al caminar o estirarse. También puede haber dificultad para conciliar el sueño, despertares, cansancio, irritabilidad o problemas de atención durante el día.
- ¿Es igual a los dolores de crecimiento? No necesariamente. Los dolores de crecimiento, los calambres, la ansiedad, la hiperactividad y los movimientos periódicos de las extremidades durante el sueño pueden parecerse o coexistir con este síndrome. La relación con el reposo, el horario nocturno y el alivio al moverse ayudan a orientar la evaluación, pero no reemplazan el diagnóstico profesional.
- ¿Qué exámenes pueden solicitarse? No existe un examen único que confirme el síndrome. Según los síntomas y antecedentes, el médico puede pedir análisis para evaluar hierro y ferritina, entre otros parámetros. La falta de hierro puede estar asociada, pero no se deben administrar suplementos sin indicación médica, ya que la dosis y el seguimiento deben definirse para cada niño.
El manejo depende de la causa y de cuánto afecta el descanso. Puede incluir ajustes en los horarios y hábitos de sueño, tratamiento de factores asociados o indicaciones médicas específicas. Antes de la consulta, es útil registrar cuándo comienzan las molestias, qué palabras usa el niño para describirlas, cuánto duran y qué movimientos le entregan alivio.
¿Cuándo consultar por piernas inquietas?
Se recomienda consultar cuando las molestias se repiten, retrasan el inicio del sueño, provocan despertares o afectan el ánimo, la atención o el rendimiento del niño durante el día.
- Un recién nacido debe dormir un total de 16 horas diarias, en 6 – 8 episodios de sueño de 4 horas cada uno, con periodos intercalados de vigilia. Así, el recién nacido no respeta la noche, despertándose una o varias veces a lo largo de la misma.
- Desde antes del nacimiento, los niños tienen neuronas cerebrales con capacidad de ejercer como “reloj biológico” y el control del sueño y de la vigilia está determinado por este reloj biológico, que permite que el niño duerma a ciertas horas y esté despierto a otras. Sin embargo, el funcionamiento de este reloj biológico, también se ve influido por las condiciones medioambientales de luz-oscuridad, de modo que en condiciones de oscuridad, nuestro cerebro segrega una hormona llamada melatonina, que facilita el sueño, mientras esta hormona es inhibida por la luminosidad exterior. Aproximadamente, a partir del tercer mes de vida se aprende a sincronizar estas dos informaciones, de manera que puede empezar a coincidir el ciclo vigilia-sueño con el ciclo día-noche.
La duración de los despertares nocturnos va disminuyendo y empieza a dormir de manera continua prácticamente durante toda la noche. No obstante, en casi un tercio de los niños en edad preescolar persisten estos despertares nocturnos, como consecuencia de una consolidación inadecuada del período de sueño nocturno.
A esta edad los niños debieran dormir por la noche unas 10 horas, más las dos siestas habituales. A partir de los tres años de edad va disminuyendo la “necesidad” de dormir durante el día, hasta prácticamente desaparecer antes de los seis años.
El sueño alcanza un grado de madurez suficiente como para permitir la comparación con el adulto. Aunque existen importantes variaciones individuales, el número de horas de sueño suele ser 2,5 veces superior al adulto y la proporción de sueño REM es similar a la del adulto.
El número de horas de sueño disminuirá hasta un promedio de 7 a 8 horas, que podría ser insuficiente ya que se produce un incremento de la somnolencia diurna, que ha llevado a pensar que las necesidades totales de sueño no disminuyan sino que aumenten durante la adolescencia.
La polisomnografía no se indica de rutina en todos los niños. Puede solicitarse si existen dudas diagnósticas, movimientos frecuentes durante el sueño, ronquidos o sospecha de otro trastorno asociado.










